
En algún momento perdimos el camino. ¿Cuándo y dónde?, tal vez sea lo que menos importe, el “porque” a esta altura del partido, probablemente tampoco.De los “barcos”, dicen que “venimos” los argentinos... ¡Qué disparate!, de los barcos habrán venido los españoles, italianos, alemanes, rusos, ingleses, franceses, etc... los argentinos, nosotros, somos industria nacional y se nota. Estamos hechos acá mismo, eso sí, con la materia prima que supimos importar, vaya a saber, en que deficientes condiciones de embalaje.
Nada queda ya de aquellos primeros “argentinos”, los criollos ingenuos, predispuestos a concurrir con su flete, su alma y su pellejo, a cuanta patriada se les presentaba.
Orgullosos y libres por naturaleza, indómitos como el desierto que supieron conquistar, aunque más no sea, para regalarlo luego, a cuanto advenedizo arribó a estas orillas del Atlántico, con el firme y egoísta compromiso de “hacerse” “la américa”, pues la América, así, con mayúsculas, ya estaba hecha por otros, esos mismos que la regalaron junto a su vida, por falta de ambición, tomando a cambio, sólo un poco de yerba, tabaco o aguardiente.
En esta historia no hay ni buenos ni malos, hay nostalgia, cada uno hizo lo que sabía hacer, lo que quería hacer; los gauchos, buscaron su libertad definitiva y completa, en el amasijo patriota de una carga de caballería y los gringos se aferraron al arado para construir un futuro menos miserable para su descendencia.
Los argentinos actuales no somos ni lo uno ni lo otro y tristemente mucho menos somos la mezcla de ambos. Los argentinos somos una argamasa de egoísmo, oportunismo, cinismo y cuanto “ismo” despectivo se nos pueda llegar a ocurrir. Bien nos merecemos, porque con ahínco las hemos ido construyendo, cada una de las desgracias que nos afligen y nuestro origen es tan ignoto como el origen de cualquier cosa que no existe, porque señores, si algo queda claro que no existe, es justamente la “argentinidad”. “Argentino” desde la instauración vergonzosa y vergonzante, de la ley de blanqueo de capitales, más que un gentilicio, es hoy, para el mundo, un calificativo moral, para ser mas preciso, un calificativo que indica dudosa moral.
Por eso, en esta entrada, no voy a desearle Feliz Navidad a ningún “argentino” actual, me voy a bajar del ridículo y gélido pino boreal, le voy a mandar un telegrama de despido al payaso barbudo de las bolas brillantes, voy a desatar y soltar a esos pobres renos deshidratados, me voy a calentar una pava de agua y sentada a la sombra de algún árbol le voy a desear Feliz Navidad al único, que por sus méritos, me parece merecerlo: mi perro
Analía Alvado



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