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El último que apague las galaxias…

MATERIALISMO Y DISOLUCIÓN NACIONAL. HISTORIA DE UNA ESTAFA. Por Analía Alvado.

El socialismo es una filosofía económica surgida del seno del materialismo.

Políticamente hablando, quienes sostienen sus postulados, (con excepción de Mao Tse Tung), lo consideran como una consecuencia natural e inevitable de la evolución del capitalismo.

Para los teóricos del socialismo, éste surgiría naturalmente, con la inevitable crisis del capitalismo. El exceso de producción, basado en el interés que despertaría en el capitalismo, la insaciable búsqueda de los beneficios de la plusvalía, generaría un descontento masivo y un enfrenamiento inevitable, entre los dueños de los medios de producción y el proletariado, es decir los trabajadores. Esto ocurriría en los países más industrializados, y el mismo enfrentamiento, se produciría en los países menos industrializados, entre los dueños de la tierra, los “Terratenientes” y el campesinado.

La lucha de clases, derivada de la diferencia cuantitativa en la distribución de la riqueza generada, plantearía el surgimiento de un nuevo marco económico y social, donde el reparto debería terminar siendo mucho más justo y equitativo. El orden administrativo de los estados modernos debería adoptar este nuevo modelo social o perecer en los interminables enfrentamientos productos de la lucha de clases.



En eso andaban los socialistas teóricos, cuando algunos referentes mucho más “prácticos” de este “pensamiento”, precipitaron la revolución de octubre en la Rusia Zarista.

La Rusia de los zares, no era ni por asomo una nación industrializada, carecía de un proletariado numeroso y representativo y el capitalismo, en esos parajes, aun no se había instaurado y por lo tanto mucho menos había llegado a su “inevitable” crisis. Por el contrario, la Rusia de 1917, todavía era un estado cuasi feudal.

Los Revolucionarios del Octubre Rojo en particular los bolcheviques liderados por Lenin, conscientes de esta situación se enfrentaron con los mencheviques, más teóricos ellos, sosteniendo que una vez producida la revolución en Rusia, independientemente de las condiciones locales, serviría para acelerar las revoluciones en aquellas naciones donde las condiciones, a su entender, si que estaban más que maduras, es decir Inglaterra y Alemania.

Si existe una característica común a casi todos los “socialistas”, a través de la historia, es su increíble capacidad, para entender y aplicar, como realidades científicas, las cosas que se imaginan. Y ya sabemos lo prolífica que puede resultar la imaginación de estos personajes.


Inglaterra, en el siglo XIX era la dueña indiscutible de los mares del mundo y la potencia colonial más extensa y poderosa que haya existido. Dueña de extensas posesiones en ultramar, si alguien no tendría problemas de mercado donde colocar manufacturas a cambio de materias primas y no tenía ninguna razón porque temer la suba incontrolable del precio de los commodities, ese era el Reino Unido de la Gran Bretaña. Por si esto fuera poco, la clase trabajadora MAS CONSERVADORA del planeta era (y sigue siéndolo) la clase trabajadora británica.

Alemania, la vieja Germania, si algo realmente preocupaba a estos muchachos era su Patria. Pretender enfrentar a su pueblo por razones materiales, era una idea que sólo pudo surgir en la afiebrada imaginación de un judío apátrida como Marx. No entender el nacionalismo y patriotismo del pueblo alemán, es no entender Europa. Además, este espíritu de nación, no sólo une a los Alemanes entre si, sino a estos, con sus hermanos Austriacos, Checoslovacos y Suizos… pavada de familia!

Pretender cambiar el espíritu de los Junkers, en base a sentimientos tan mezquinos como la desigual (y para estos pueblos más que natural) distribución de la riqueza, es no conocer, ni superficialmente a estos grandes pueblos.

Como vemos, el origen, pretendidamente “científico” del socialismo, fue poco menos que una quimera, donde las realidades, estuvieron ausentes sin aviso, desde el primer momento.


Así las cosas, el espíritu “internacionalista” y el modelo “exportable” del socialismo internacional del bolchevismo: ¡Trabajadores del mundo uníos! ,fue el primero de los grandes disparates, a los que se sumaron: el delirio de Trotsky de la Revolución Permanente y los intentos de la Internacional Socialista por sumir a toda la humanidad en una interminable lucha de clases, que acabaría inexorablemente con las fronteras geográficas, pero únicamente para reemplazarlas por nuevas e imprecisas, fronteras de “clase” o “ideológicas”.

En el clímax del disparate, los socialistas concebían un nuevo orden mundial sin fronteras, ni naciones, donde los “proletarios” y “campesinos” de todas las naciones se liberarían definitivamente de la explotación capitalista para vivir en una armónica y eterna paz.

Cuando se refieren a este “mundo ideal” los “socialistas románticos” lo hacen usando el término de “UTOPIA”, pero dejando de lado cualquier licencia poética, a todas luces resulta evidente, que semejante planteo, no era otra cosa, que una hábil maniobra de propaganda en la cual sólo creerían los desprevenidos incautos, que con el tiempo, pasarían a integrar las vastas legiones de idiotas útiles.



Los pueblos de las naciones libres de la Europa de principios de siglo XX, vieron en esta “ideología” (el socialismo) un peligro sustancial para su propia supervivencia, desarrollando cada uno de ellos, los anticuerpos más eficaces.

A las viejas recetas materialistas del siglo XVIII y XIX: el capitalismo y el socialismo, se les interpuso, con la fuerza de la vieja Europa, los nuevos movimientos nacionales que plantearon la INTEGRACION DE CLASES por sobre el ENFRENTAMIENTO DE CLASES. Un trabajador ingles, antes que trabajador, es INGLES, un trabajador Alemán antes que trabajador, es ALEMAN y así, en mayor o menor medida, el fenómeno de los nacionalismos europeos es una constante. Si no me creen, los invito a darse una vuelta por el viejo continente y comprobarlo personalmente.

Estos nacionalismos exacerbados, inevitablemente terminaron enfrentándose en dos guerras mundiales, en ambos casos, instigadas y fogoneadas desde la lejana América septentrional, paraíso sionista masónico, que desde su propio origen, se reservó como reducto de la diáspora, para desde allí, completar el viejo sueño de dominación hegemónica del “pueblo elegido” sobre el resto de la humanidad.



Ya veremos en otras entradas, como degeneró esta idea, en que se convirtió y si la historia tiene un ejemplo del surgimiento de un “hijo macho”, los EE.UU, son uno de los más acabados ejemplos.

Pero volvamos a 1917 y a los “socialistas”, que científicamente, están empeñados en construir el engendro de la Unión Soviética. Como el Dr. Frankenstein, cometen su primer error en desafiar el orden natural, el orden divino, al pretender dar vida al mamarracho inconexo.

Las naciones y pueblos que integraban la santa Rusia de los zares, no tenían ningún otro denominador común, que no fuera su religión.

En todo lo demás eran diferentes. Como pueblos y como naciones, ninguno tenía nada que ver con el otro, sólo una misma fe y una misma corona podían mantenerlos unidos.
El socialismo, se encargó de destruir ambas y estos pueblos perdieron su alma. Alma que recién recobrarían a finales del siglo XX, cuando el estrepitoso fracaso del socialismo soviético, les permitió recuperar sus identidades nacionales.

Otro error de los “científicos” y ya van…



Pero mientras el monstruo materialista respiraba y fagocitaba los recursos y las libertades de quienes tenían la desgracia de caer en la órbita de sus intereses. Los “socialistas internacionales” no dejaron de intentar “exportar” los “beneficios” de la Revolución y sus “cuestionables” ideas, a cuanto pueblo o nación, cayeran bajo su mira.

Construyeron con la paciencia de un autista, una impresionante red internacional de idiotas útiles, guerrilleros de pacotilla, sicarios bien pagados y pseudo intelectuales para inocular en las desprevenidas sociedades, un veneno para el cual todavía no se conoce antídoto: EL VENENO DE LA IMBECILIDAD SOCIAL. Veneno que encontró su mejor medio de propagación en las democracias partidocráticas que permiten que estos verdaderos especimenes de laboratorio, continúen pululando y sobreviviendo en los cuerpos políticos y sociales de las naciones, eso si, mutando su apariencia y adoptando ahora, el disfraz y el nombre de “progresistas” porque el otro disfraz, ya está demasiado “quemado”.

Pero ahora dejemos por el momento el análisis historiográfico de los remotos orígenes del socialismo y sus fracasos, para centrarnos en sus consecuencias. La primera consecuencia fue el surgimiento en Europa de los nacionalismos sociales, como natural reacción a la agresión intelectual y material, que representaba la amenaza soviética de exportación de su nefasto y sangriento modelo. Ya veremos como en Latinoamérica ocurrió algo similar, con el intento “socialista” de exportación e instauración del modelo socialista cubano.

Los nacionalismos europeos incorporaron a sus idearios, una importante cantidad de cambios sociales, para enterrar definitivamente las estructuras económicas con reminiscencias feudales. La integración de las diferentes clases sociales se fue dando, como es natural, sobre la base de la unidad étnica y religiosa de los pueblos y sobre las fuertes identidades nacionales.

La integración de los diferentes estamentos sociales, con el objeto de impulsar el ideal de Nación, permitió alcanzar, a las clases más humildes de estos pueblos, un elevado grado de prosperidad y justicia social, al tiempo que incrementó, en grado superlativo, la voluntad productiva de los trabajadores, que ahora sumaban, a sus legítimas y satisfechas aspiraciones de bienestar, el incentivo de saber, que su esfuerzo estaría al servicio del engrandecimiento de su propia Nación. Esta combinación de bienestar personal, orgullo satisfecho y esfuerzo combinado, arrojó resultados impresionantes. El Nacionalismo Social surgió como el primer movimiento político y filosófico del siglo XX.

Sus logros comenzaron a eclipsar toda posibilidad de éxito continental al resentido modelo soviético y el fortalecimiento y resurgimiento del poderío europeo también comenzó a preocupar seriamente a los ideólogos norteamericanos del imperialismo del capital.

Tal vez ahora, no fuera tan fácil concretar el sueño hegemónico materialista impulsado desde la sucursal americana del sionismo internacional.

La posibilidad de una Europa federalmente unida, donde el discurso de la injusticia social ya no tuviera efecto alguno, donde las fuertes tradiciones monárquicas, impedían la proliferación de las partidocracias corruptas y económicamente manejables. Donde los lideres populares compartían el poder con la nobleza y la iglesia, resultó demasiado para los instigadores del odio y la disolución. Por primera y única vez, el capitalismo imperialista americano, se alió con sus acérrimos enemigos, los “socialistas soviéticos”, para destruir el germen de la unidad europea. El sueño de Carlomagno, el sueño pan germánico de unidad continental europea de Bismark y Adolf Hitler, debían ser necesariamente aplastados por los dos colosos del materialismo. No es casual que la estrella roja, la estrella blanca y la estrella de seis puntas, se hayan unido para vencer la cruz.


La URSS y los EEUU unieron sus esfuerzos para terminar de una buena vez con esta “amenaza”, luego habría tiempo, para definir cual de los dos, se quedaría finalmente con el mundo.

Sólo la milenaria Iglesia Católica advirtió tempranamente la maniobra y hasta el día de hoy se la acusa de “complicidad”… la pregunta es: ¿complicidad para que? ¿Para salvar al mundo del imperio del materialismo?... Si es así, entonces, la complicidad es históricamente cierta.

Norteamérica instigó a Gran Bretaña, resucitó la teoría del Heartland y el peligro que representaba una alianza de países “continentales” para sus posesiones de ultramar, posesiones que Gran Bretaña igualmente perdió, una a una, a pesar de haber terminado la guerra entre los vencedores.

En Gran Bretaña sembraron un terror “napoleónico” y en Francia azuzaron viejas rencillas territoriales y sepultados antagonismos. Tarde llegaron a la España de Franco y a la Italia de Mussolini (más adelante veremos, como también llegaron tarde, los “socialistas”, a la Argentina de Perón).

Así, de la mano de la inquina instigadora mancomunada de capitalistas y socialistas, comenzó la segunda guerra mundial, se aplastaron y asfixiaron los nacionalismos sociales europeos y se perpetró el proceso de “desnazificación” europea, eufemismo que encierra una de las peores cacerías humanas que recuerda la historia.

Dentro de éste proceso, se incluyó, gracias a los avances de la técnica del cine y la fotografía, un novedoso método de engaño masivo, el “Holocausto” u “Holocuento”. Parodia construida con la complicidad de los dos colosos mundiales y financiada, a un interés, obviamente usurario, por el sionismo internacional, dueño por lo demás, de la mayoría de los medios de comunicación masiva del planeta.

Sólo uniendo el poder militar y económico del materialismo mundial, se podía llegar a derrotar la verdad de los movimientos nacionalistas de tercera posición.



Pero de la experiencia autodestructiva de la guerra y más allá de la propaganda desplegada, los “vencedores” no pudieron evitar el surgimiento y la consolidación de la Unión Europea, la caída del muro de Berlín y el derrumbe y desmembramiento de la Unión Soviética.

Sobre las cenizas de la Europa devastada, los colosos materialistas se agarraron de los pelos, comenzando una desgastante y prolongada “Guerra Fría”. Pero los europeos habían aprendido la lección y comenzaron una lenta y sostenida reconstrucción que no sólo se limitó a lo material, sino que reconstruyeron rápidamente los vínculos entre sus pueblos y naciones, sumándose ahora, ya sin resquemores, el Reino Unido de Gran Bretaña, que vio, como sus “aliados” le arrebataron toda su gloria y poder del pasado, de un solo plumazo.

Así quedó el mundo dividido en dos, en el medio, la “Cortina de Hierro” compuesta por multitudinarios ejércitos y poderosísimas armas nucleares. Checoslovaquia cayó bajo el poder de los tanques soviéticos, el bloqueo soviético de Berlín Occidental, pretendió hacer arrodillar a su pueblo ante las babeantes fauces del socialismo, que imaginó (equivocadamente, ¡cuando no!) que doblegar este pueblo con el frío y el hambre, sería cosa fácil.

Pero Europa, pese a todo, seguía viva y se negaba a convertirse nuevamente en un campo de batalla. Las naciones de Europa se recuperaron del flagelo de la guerra con una rapidez admirable y gradualmente se fueron integrando, dando lugar al nacimiento de la Unión Europea.

Mientras tanto, socialistas y capitalistas continuaron su sangrienta disputa en otros territorios. El sudeste Asiático fue testigo de las guerras de Corea y Vietnam y Centro y Sudamérica, padecieron sistemáticamente los violentos intentos de instauración del modelo socialista revolucionario, exportado por la Cuba de Fidel y su ejército de guerrilleros mercenarios, terroristas inescrupulosos y delincuentes subversivos de toda especie.

Pero algunos países de Latinoamérica tuvieron lideres que habían visto y experimentado los beneficios del modelo nacionalista surgido y desarrollado en algunos países de Europa entre ambas guerras mundiales.

En la República Argentina, surge un movimiento nacional y popular, heredero de las tradiciones federales populares, cuyas raíces llegan hasta los días de la Revolución de Mayo y encarna los idearios de patriotas como Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José de San Martín, Manuel Dorrego y Juan Manuel de Rosas.

Este movimiento reconoce claramente la necesidad de instaurar en la Patria, un modelo de Nacionalismo Social que permita forjar una gran nación, unificando la voluntad de lucha y trabajo de todo el pueblo, eliminando las incipientes luchas de clases, importadas por inmigrantes anarquistas y socialistas prófugos del viejo continente.

La construcción de una gran Nación, sólo se lograría sobre las bases de la unidad de todas las clases sociales que forman el pueblo, el amor de éste pueblo a la Patria, el trabajo fecundo y la justicia social.

De la fusión de los términos: Nacionalismo + Justicia Social, el líder natural de éste nuevo movimiento, el General Juan D. Perón, crea el término JUSTICIALISMO.

“Movimiento Nacional Justicialista” fue la denominación con que el mismo Perón bautizó a su movimiento político, económico y filosófico. Nótese la ausencia del término “socialista” en la denominación que el Gral. Perón eligió para su movimiento. La omisión no es casual.

El Peronismo o Justicialismo es doctrinaria y filosóficamente la versión argentina del Nacionalismo Social Europeo, es la antítesis del “Socialismo Internacional”, si no, ¿cómo se puede explicar, que fuera justamente Francisco Franco, quien le diera al Gral. Perón asilo político en España, cuando las fuerzas vernáculas del materialismo de izquierda y derecha, vergonzosamente “aliadas”, consiguieron derrocarlo?

El alejamiento del Movimiento Nacional Justicialista del poder en 1955 permitió nuevamente que nuestra patria se convirtiera, en tierra fértil para los emprendimientos opresivos, fraudulentos y “entreguistas” de la “oligarquía cipaya”, financiados usurariamente por la banca sionista internacional, hechos que precipitaron a nuestro pueblo a una situación de injusticia social, que sirvió de caldo de cultivo para que finalmente germinara la violencia revolucionaria importada por los “socialistas”, siempre dispuestos a dejar la utopía romántica y tomar la ametralladora, cada vez que ven la posibilidad de apropiarse, un poco más rápidamente, de los recursos y las libertades de los pueblos que pretenden sojuzgar.



Comunismo, socialismo, progresismo, son alguno de los diferentes disfraces con los que se enmascara el principal instrumento de disolución nacional, paso previo a la usurpación de los recursos naturales de las naciones y a la esclavización de sus pueblos. Capitalismo y liberalismo económico, son la otra cara de ese mismo collar de dominación. Ambas son ideas que se inoculan en la mente de los hombres con el objeto de dominar finalmente su espíritu. No es casual que toda filosofía materialista, sea ésta, del signo que sea, apunte primero a destrozar la fe, la espiritualidad, el patriotismo y la unidad de los pueblos. Que centren todos sus esfuerzos en masificar al individuo haciéndole perder su propia identidad. El consumismo capitalista y la uniforme “igualdad socialista”, apuntan justamente a eso.


Socialismo y capitalismo, son el anverso y el reverso de una misma moneda y si no aprendemos a despreciar de una buena vez esta moneda, terminaremos vendiendo nuestras almas y nuestra patria al mismo precio que Judas Iscariote vendió a Jesús.


Mientras tanto, sobre las ruinas humeantes de la razón se levantan, sin modestia alguna, quienes se proclaman con orgullo “socialistas”, “progresistas”, “liberales” o “capitalistas”, eso si, todos ellos, lo hacen utilizando un común denominador, se definen a si mismos como “DEMOCRÁTICOS”.

Con la derecha o con la izquierda, enarbolan, como verdades absolutas, un cúmulo de argumentos falaces, que increíblemente, les ha permitido consumar, la mayor estafa de la historia de la humanidad, quedará en nosotros, LOS NACIONALISTAS, el poner las cosas definitivamente en su lugar.



Imágenes: “GENTE EN SU SITIO”

1986 by Joaquín Salvador Lavado

Ediciones de la Flor S.R.L.

¡¡ GRACIAS QUINO !!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno"! y muy interesante

Anónimo dijo...

es mucha lectura...parce ineteresante...y despues uno cree ser inteligente y entendedor de los chistes de quino..cuanta lectura señora Alvado!! pero creo mas inteligente a Marx por el solo simple echo de hacer una teoria mostrarla como el mundo perfecto morirse y ensima sin ni siquiera explicar como carajo se hacia para llevarla a la paractica ¿imposible? talvez, almenos si usted se va pa` otravida explico suspensamientos ademas que con teoria con los chstes de quino gracias quino! gracias Alvado!

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