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Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Cuento» Pajaritas

        «Pajaritas». Cuento, incluido en la antología Nuevos cuentos argentinos. Antología para gente joven. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2001. Colección Juvenil; Serie Roja).



Es una historia de unas pajaritas de papel que la mamá le había enseñado a hacer a Ema desde que era bebé y colgaba pajaritas de distintos colores sobre su cuna. Ella se dormía viéndolas mecerse con la brisa.

Rompió muchos papeles aprendiendo a hacerlas. Los arrugaba, los partía por la mitad. Su mamá, con mucha paciencia, le alcanzaba otra hoja. El papá llegaba del trabajo y se reía:

—Laura, tiene dos años, no puede hacerlas...

—¡Pero quiere! ¡Mirá!

Ema tomaba otra hoja y la daba vueltas y vueltas mientras hacía un gruñido, como si estuviera concentrada o enojada. El piso quedaba lleno de papeles rotos. A los tres años supo hacerlas y nunca dejó. En los cumpleaños la mamá aparecía con un bonete de mago, hecho de periódico.

—¡Atención, amable audiencia,
que mi arte exige ciencia!
Acomódense en la sala
que vendrán seres con alas.

Mostraba el sombrero vacío. Se lo ponía nuevamente, hacía un pase con las manos y decía:

—Siento plumas, siento vuelo:
¡Algo quiere irse al cielo!

Cuando se quitaba el bonete sacaba pajaritas de papeles de colores, una para cada invitado, hasta los grandes. Todas las habían hecho juntas.

En la escuela a Ema la conocían por sus pajaritas. Las podía hacer grandes o pequeñas. Movían las alas.

Cuando tenía once años llegó un chico nuevo al grado, Ema se enamoró desde que lo vio. Martín era hijo de inmigrantes búlgaros, no hablaba español. Pasó el día con cara de asustado y sonrió por primera vez cuando Ema le regaló una pajarita.

A los demás chicos les daba lo mismo que Martín entendiera o no. Iban hasta su pupitre y le hablaban entusiasmados, lo invitaban a esto y a lo otro. Martín los escuchaba sonriendo, cada tanto asentía con la cabeza. Nadie sabía cómo hacer, no era como si hubiera sido italiano o francés que, al menos con una palabra o dos, o buscando en cualquier diccionario, se podía invitar a jugar o pedir un pedazo de sándwich. Pero, ¿búlgaro? No había un solo diccionario en toda la ciudad.

Para hacer pajaritas no hace falta hablar español, ni siquiera abrir la boca. Ema le enseñó y, por raro que parezca, ése era el único momento en que Martín se soltaba a hablar. Ema le decía:

—No entiendo, no sé qué me decís.

Pero a Martín no le importaba, él tenía ganas de hablar y no iba a dejar de hacerlo porque ella no supiera búlgaro. Martín era la persona más parlanchina que había conocido en su vida; pero sólo lo mostraba cuando estaba con ella, doblando papel. Con los demás chicos se entendía con unas pocas palabras, o por señas y empujones.

Era realmente guapo y, a medida que pasaron los días, Ema se enamoró más y más. Empezó a escribir su nombre en las hojas, luego las doblaba de tal manera que el “Martín” quedaba adentro de la pajarita y nadie se enteraba.

Pajaritas llenas de Martín. Igual que Ema.

Una tarde apareció una señora alta y rubia, que la maestra presentó:

—Niños, ésta es Sofía, la mamá de Martín.

La señora, inclinó la cabeza con elegancia.

—El padres de Martín se encuentra trabajo en otras país y hoy nos despedimos... Martín me pidió que quería decirles que nunca se olvidará de ustedes todos. Que fueron muy buenos, que él y nosotros los llevamos en el corazón (y apoyó su mano en el pecho)... para siempre.

Inclinó nuevamente su cabeza, sonrió. Martín miraba a Ema. Todos se quedaron duros por la sorpresa. Se hizo un silencio incómodo que rompió uno de los que jugaba al fútbol con él. Se adelantó y le dio un abrazo. Otro lo siguió y se fueron acercando poco a poco, todos a darle un abrazo de despedida. Ema tenía los ojos húmedos, cuando fue su turno sentía un nudo y ganas de pedirle que no se fuera. Pero sólo se inclinó hacia él que la rodeó con sus brazos. Ella también lo abrazó y cerró los ojos.

La mamá anotó la nueva dirección en la pizarra, todos la copiaron. Pero ¿qué escribirle si casi ni entendía español? Las primeras veces le mandó una pajarita en el sobre, hasta que empezó a recibir postales con millones de errores de ortografía, pero no más que los de cualquier compañero del salón de Ema.

Pero esa tarde, en la que Martín se despidió, fue la más triste de la vida para Ema. No encontraban cómo consolarla. Cuando las lágrimas se cansaron, la mamá tomó un papel rojo y uno azul e hizo una pajarita de dos papeles y de dos colores. Ema sonrió.

—¿Cómo la hiciste? —preguntó.

—Te voy a contar algo...

Ema se acomodó.

—A mí me pasó algo muy parecido... una vez llegó un chico nuevo, guapo. Era de acá, sólo que iba a otra escuela y lo habían echado... era la tercera escuela de la que lo echaban, un desastre. Para colmo ni bien llegó, en vez de ser tímido como tu Martín, hacía bromas, llamaba la atención... imaginate, los demás varones lo odiaron de entrada... y varias chicas también.

—¿Por qué?

—... (Laura levantó los hombros) a mí no me importaba que se creyera tanto… lo hacía para defenderse porque no conocía a nadie.

—¿Y vos cómo sabías?

—(la mamá dudó un instante) ... porque si no me hubiera acercado jamás se habría atrevido a besarme.

— ¿Vos le diste el primer beso?

—Ahá... mirá, algo que nunca te había contado, él fue quien me enseñó a hacer las pajaritas.

—¡...! ¿¡De verdad?!

—Te lo juro. Así fue que se acercó... no, mentira, también fui yo, con la excusa de verlo hacer pajaritas. Es que, cuando lo descubrí doblando papel, sentí que no era tan canchero como se mostraba, eso era pura cáscara. Y no me equivoqué, se ponía nervioso cuando me acercaba.

—(Ema sonrió) ¿Nunca había besado a nadie?

—Él decía que sí, pero nunca le creí... fue mi primer novio en serio, en serio. Era muy dulce.

—¿Y qué pasó?

—¡UHF...! Era un loco de la guerra, no podía estar quieto, quería irse a estudiar a otro país... nada, se fue a Francia con dos pesos y no pudo volver por años. Lo extrañé horrores, cuando regresó ya cada uno tenía su vida por otra parte.


Después de esa conversación pasaron unos años. En la escuela comenzó un curso de teatro, Ema se anotó. El teatro era como las pajaritas, que dejó como se dejan las muñecas. Ahora ella misma, con su cuerpo, se doblaba como el papel de entonces. Y al Martín que sus pajaritas llevaban escondido, lo reemplazó un Leonardo, que ella empezó a llevar adentro, en otros pliegues que tenemos.


Cierto día la mamá le pidió que la acompañara a donar unos libros para la biblioteca del Hospital Infantil. Ema protestó porque se le hacía una salida aburrida; pero accedió.

Cuando ya se iban, después de entregar los libros, a Ema le llamó la atención un grupo de tres médicos que venían con sus delantales blancos. Uno traía nariz de payaso.

—¡No puede ser! —exclamó la mamá.

—¡Laura! —dijo el de la nariz de payaso, mientras se la quitaba. Los médicos también se detuvieron pero él les ofreció que siguieran y los alcanzaría enseguida.

—¿¡Qué hacés, loco!? ¿Estás de médico, ahora?

—¡No, jamás! Nos hacen poner estos delantales a nosotros también.

—Mirá, ella es Ema, mi hija.

El médico, payaso o lo que fuera, soltó un ¡huáu!, se inclinó y la saludó con un beso.

—Qué hermosa. Mucho gusto, mademoiselle.

Hizo una reverencia en broma. Ema le sonrió como si espantara una mosca. Él dijo que lo esperaban en el cuarto de un niño y contó de un grupo de payasos en hospitales que conoció, que él no era de ellos, pero le gustó la idea. La invitó a un café, se dieron los teléfonos y salió poco menos que corriendo.

—Au revoire, mademoiselle!

Le dijo a Ema, que preguntó:

—¿Quién era ése?

Laura sonrió.

—¿Ése? es el que me enseñó a hacer las pajaritas.

A Ema casi se le cayó la mandíbula al piso de la sorpresa. Se dio vuelta, pero ya no lo alcanzó a ver. Al llegar a casa se produjo una pequeña revolución. Ema vio que su papá hacía como que gruñía y sonreía al mismo tiempo, igual que los perros. Medio en broma, medio en serio. Pero la mamá lo abrazó y al otro día se fue a tomar un café y charlar con su amigo, Rafa. Cuando regresó Ema le hizo mil preguntas, y ella le dijo que se habían contado cómo había sido la vida de cada uno.

Dos días después el profesor de teatro les preguntó si conocían al grupo de “Payasos en hospitales”, todos negaron, Ema se quedó dura. Les explicó qué hacían y preguntó quienes querían acompañarlos en una ronda. Sólo cinco levantaron la mano. Ema entre ellos.


A la mañana siguiente, cuando llegaron al hospital, se encontraron con cuatro payasos conversando con los médicos. Tenían la bata blanca, los pantalones y las camisas eran normales, algunos zapatillas de colores, otros zapatos. Tenían una peluca y la boca pintada. Rafa sólo llevaba la nariz roja de plástico.

Ema y Leonardo fueron con Rafa. Comenzaron el recorrido. Primero la sala de espera, espantosamente gris. Aunque la limpiaran bien no dejaba de parecer sucia. Rafa cruzó delante de todos y simuló que tropezaba, unos niños sonrieron, y empezó a llamar la atención con unos movimientos graciosos. Parecía que quería disculpase, pero sólo provocaba más lío. Los papás y los chicos se reían, se habían olvidado del hospital.

Siguieron en la sala de diálisis donde encontraron a un niño. El médico sonrió aliviado al ver que llegaba Rafa. El niño dejó de quejarse, pues no conocía a esos tres extraños. El doctor se lo presentó. Rafa, con mucha naturalidad le preguntó:

—No podés mover los brazos, ¿no?

El niño hizo que no con la cabeza.

—¿Y hacer esto?
E hizo unas muecas con los ojos y la nariz. El niño sonrió y lo imitó. Rafa hizo otros gestos, y el niño también. Puso los ojos bizcos, el niño se rió y respondió poniendo un solo ojo bizco.

Rafa disimuló:

—Bueno, claro, este... yo lo sé hacer, pero veamos si al doctor se lo enseñaron en la Universidad.

Con un movimiento rápido le puso la nariz de payaso al médico. La enfermera se tapó la risa con la mano. El doctor empezó a poner los ojos bizcos, contento de ver que el niño se reía. Rafa saludó y siguieron a otra sala. En ésta había una sola niña con su mamá. Estaba muy delgada, casi no tenía pelo, recostada sobre dos almohadas y su mamá le sostenía la mano. Cuando entraron la señora se incorporó, cedió su silla, como hace la gente humilde cuando entra alguien importante (hay quien se siente tan humilde que cualquiera es más importante, y la señora cedía su silla). Rafa no la aceptó, tampoco hizo bromas. Se quitó la nariz, la guardó en un bolsillo, se sentó en el borde de la cama, con cuidado. Hizo señas para que Ema y Leonardo ocuparan otras sillas.

—Hola, Tere, ¿querés que me quede o estás cansada?

La niña apenas levantó los hombros.

—Mm... ¿querés que te lea una historia?

Asintió con un dedo.

Rafa buscó en su bolso, sacó un libro. Se tomó su tiempo para hojearlo pacientemente, hasta que eligió.

—Une histoire d’amour, mademoiselle?

Tere asintió, Rafa comenzó a leer y nadie se olvidó del hospital ni del típico color crema de las paredes, ni de la hora, ni de nada; pero pudieron respirar el aire del cuento. Cuando acabó de leer, en vez de irse enseguida, se quedó conversando con Tere y su mamá, del tiempo, de cosas que habían oído en la radio. Después saludó con un beso en la mejilla y partieron los tres.

Aunque sospechaba la respuesta, Ema preguntó por qué Tere estaba en un cuarto sola. Rafa le confirmó que padecía una enfermedad terminal.

Entraron al cuarto de un niño pequeño, era sordo, y estaba con una pierna enyesada. Rafa le sacó la lengua, se acercó y, en una rutina que ya debían haber hecho otras veces, tomó la mano del niño, la apoyó en su garganta y empezó a hacer unos ruidos. El niño sabía hablar con las manos; pero Rafa no y le hablaba mirándolo a los ojos y vocalizando un poco más lento.

Fueron a la cafetería del hospital. Se sentaron en una mesa libre. Leonardo preguntó dónde quedaba el baño, se fue.

—Así que vos sos la hija de Laura (comentó Rafa mientras revolvía el azúcar).

—¿Cómo era mi mamá cuando era tu novia?

—¡ ... ! ¿¡Cómo!? (Desconcertado).

—Sí, que cómo era mi mamá cuando vos eras su novio.

—Ema, qué pregunta para la cafetería de un hospital... un martes.

Ella sonreía con suavidad, sin dejar de mirar a Rafa, que ahora soplaba. No era una pregunta cómoda. Sorbió un poco de café, para darse tiempo y contestó:

—Como vos, pero no en la cara... (Hizo un gesto con la mano) en la manera de pararse.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Así, cómo te parás, en tu ritmo al caminar... así era ella, suave... yo siempre iba atropellado, ella siempre tranquila. Yo como si tuviera que llegar a otra parte, ella como si ya hubiera llegado.

Se hizo un breve silencio.

—¿Estás casado?

Rafa soltó una carcajada.

—¡Bueno! No habrá descanso, ¿verdad?

—Si no querés no contestes.

—Sí, sólo que me causa gracia... a ver, creo que no estoy “casado” o, bueno, lo voy a saber cuando entre a mi casa... si todavía está ahí.

—¿Cómo se llama?

—Martine.

—¿Por qué trabajás de esto?

—No es mi trabajo, estoy de vacaciones... doy clases en una escuela de mimo.

E hizo un gesto como si fuera a hacer “la pared” que hacen los mimos que piden en la calle.

—¿Dónde?

—En París.

—¿Y por qué venís a hacer esto?

—Porque tengo insomnio.

—En serio.

—(se rió) De verdad (señaló la taza) demasiado café... ahora me toca a mí, ¿Leonardo es tu novio?

—Me gusta, y él también de mí, pero es muy tímido y no se anima.

—Conozco eso (Rafa, sonriendo).

—Sí, mi mamá me contó.

Rafa abrió los ojos, sorprendido, pero en ese momento regresó Leonardo y la conversación se interrumpió. Continuaron con la última visita. Llegaron al cuarto de un niño que tenía conectadas varias sondas, con sueros, apenas podía mover las manos. Rafa hizo un movimiento pero Ema lo interrumpió:

—¿Puedo yo?

Rafa hizo una reverencia:

—Avec plaisir, mademoiselle.

Ema le pidió la nariz, se la colocó, tomó una hoja de papel, la plegó hasta terminar una pajarita. Rafa sonreía sabiendo de dónde venía eso. Ema agradeció los aplausos de la mamá del niño y de la enfermera con una reverencia. Pidió otro papel, se acercó a la cama y se colocó de tal manera que, con una mano de ella y guiando una mano del niño, plegaron el papel entre los dos, hasta terminar otra pajarita. El niño se la ofreció a Rafa.

—Para que te acompañe en el viaje.

—¿Te vas? —preguntó Ema y él le dijo que hoy se terminaban sus vacaciones, mañana debía regresar a París. Le pidió la nariz, salió de la habitación y entró imitando a la enfermera. Todos reconocieron los gestos que Rafa exageraba, ella se reía y asentía.

Saludaron y caminaron hasta la entrada del hospital donde esperaba el profesor de teatro. Rafa, como una broma, le preguntó en voz baja:

—¿Qué vas a ser cuando seas grande?

—Me gusta el teatro —contestó ella, simulando un secreto también.

—Está bien... es un lindo oficio.

El profesor los llamó, Rafa repitió su reverencia:

—Fue un gran placer, mademoiselle.

Ema respondió inclinándose como en las películas, tomó un vestido imaginario, apenas dobló sus rodillas, inclinó su cabeza.

Se despidieron con un beso. Regresaron a la escuela con su grupo. Antes de doblar la esquina se dieron vuelta y Rafa levantó la pajarita que Ema había hecho con el niño y le hizo mover las alas, como si volara de Leonardo a Ema. Los dos sonrieron y Leonardo le guiñó un ojo, como diciendo “Sí, ya sé”.

Era el mediodía, el cielo estaba azul, intenso. Los árboles dejaban caer sus hojas y algunas personas las barrían para hacer montones y quemarlas. Cada año ése era el profundo y fresco olor del otoño.


FIN

Texto © 2005 Luis Pescetti. Imagen © 2005 Gerardo Baró.
Permitida la reproducción no comercial, para uso personal y/o fines educativos.
Prohibida la reproducción para otros fines sin consentimiento escrito de los autores.
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria y EducaRed.
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/Pescetti-Pajaritas.pdf



Nuevos cuentos argentinos. Antología para gente joven.
Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara juvenil, 2001.

"Una antología con quince maravillosos cuentos escogidos especialmente para esta edición, en los que predominan el crudo realismo social, la fantasía más desbordante y la búsqueda de la identidad. ¿Puede un alumno transformarse en lobo? ¿Es posible aprobar los exámenes gracias al amor? ¿Cómo enfrentarse al pasado y a los orígenes de uno mismo? ¿Qué imágenes se suceden en la mente de un joven soldado en plena Guerra de Malvinas? Un panorama de la mejor narrativa actual escrita para jóvenes. (Contratapa)

Índice:
7… No es culpa suya. Jorge Accame
13… Sofía, el pastor y el lobo. Marcelo Birmajer
27… La historia. Leopoldo Brizuela
45… La muerte del cartero. Graciela Beatriz Cabal
55… Ronda nocturna. Jorge Consiglio
67… La jaula del dragón. Pablo De Santis
75… Dark. Griselda Gálmez
83… El potro negro. Lucía Laragione
97… Pajaritas. Luis María Pescetti
115… La composición. Silvia Schujer
123… Fiestita con animación. Ana María Shua
129… El regreso. Fernando Sorrentino
141… Ahora que nada parece haber cambiado. Perla Suez
149… No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja. Esteban Valentino
161… La bruja. Ema Wolf





Cuento» Mamá, ¿por qué nadie
es como nosotros?

Ilustraciones de Ana Sanfelippo


La mamá de Joshua es peruana, el papá es estadounidense, y él nació en México.

Flavia, que los conoció en un viaje, le pregunta a su mamá: “¿Por qué ellos no hablan como nosotros?”




El papá y la mamá de Flavia son brasileros y viven en Brasil, pero sus abuelos maternos son una señora danesa casada con un señor brasilero. Ellos viven en Venezuela. Sus abuelos paternos son un señor italiano casado con una señora inglesa. Éstos viven en Brasil.

Cierta vez ganaron un premio en un concurso de televisión. Raúl los vio desde su propio país y, al saber cómo estaba compuesta esa familia, le comentó a su mamá: “¡Qué raros son!”




Los padres de Raúl, son colombianos. El papá es pastor protestante, y Raúl a veces juega en el templo.

En la escuela tenía un amigo llamado Esteban, quien siempre le preguntaba: “Raúl, ¿qué se siente tener un papá medio cura?”




Esteban se fue a vivir con su familia a Canadá, por una beca que consiguió el padre. Sus abuelos son polacos, originarios de un pueblo que ya no existe, pues desapareció durante la guerra.

Se escribe con un amigo que se llama Miguel, y en una carta éste le dijo que le sonaba extraño que toda la familia se hubiera mudado sólo porque el papá quería estudiar.




El papá de Miguel es judío, pero la mamá es católica. Cuando fueron novios decidieron que festejarían todas las celebraciones de las dos religiones.

Su amiga, Teresa, les dice que tendrían que elegir, porque nadie puede tener dos fines de año en un mismo año.




La mamá de Teresa estaba separada y ya tenía un hijo cuando conoció al papá de Teresa, quien también estaba separado, pero no tenía hijos. Se enamoraron, se fueron a vivir juntos y a los dos años nació ella.

Martín, que es uno de sus compañeros de escuela, le preguntó a su mamá: “¿Por qué esa familia se armó de a pedacitos?




Los papás de Martín y Josefa (su hermana) vivían a media cuadra de distancia cuando eran niños. Fueron amigos durante la infancia y se pusieron de novios a los 17 años. Han estado toda la vida juntos.

Juan, que practica judo con Martín, le argumenta que vivir siempre en el mismo barrio debe de ser la mar de aburrido.




El papá de Juan es ingeniero en computación, pero heredó de su familia un camión con el que hace mudanzas (si no son muy grandes), y ellos mismos han cambiado de barrio siete veces desde que él nació.

Juan chatea con un amigo que se hizo a través de Internet. Vive en México y se llama Joshua. Él no entiende cómo Juan y su familia pueden vivir mudándose toda la vida.




La mamá de Mirta trabaja en un supermercado, la de Tomás es gerenta en un banco. El papá de Raulito es negro, y su mamá es blanca. Los papás de Iñaki son blancos, los papás de Sushiro son japoneses (pero nacieron en Perú).




El papá de Alberto es alto y gordo, el de Cristina es flaco y alto, la mamá de Elsa es baja y se queja de tener una cola demasiado ancha. La mamá de Sofía no es ni alta ni baja, pero tiene el pelo rizado y le gustaría tenerlo lacio y largo.




Al papá de Eduardo le encantan los deportes, igual que a la mamá de Inés, pero al papá de Ignacio le gusta relajarse viendo la tele, mientras toma una cerveza.

La mamá de Eugenio odia el fútbol, pero a la mamá de Coqui le encanta ir a la cancha.

La mamá de Yahir es musulmana, el papá de Teo es católico (pero la mamá dice que no cree en nada).




Los papás de Susana tienen una señora que los ayuda en la casa, los papás de Mirta deben hacerlo todo ellos mismos. Los papás de Alberto son mexicanos, pero están separados (aunque viven en la misma ciudad).

Los papás de Carolina no están separados, pero el papá trabaja en una empresa que está en otro país, vuela los lunes en la madrugada y regresa los viernes por la tardecita (sólo está en su casa los fines de semana y durante las vacaciones).




Y cada uno ha preguntado alguna vez a su mamá: “¿Por qué nadie es como nosotros?”



FIN





Título: Mamá, ¿por qué nadie es como nosotros?
Autor: Luis Pescetti
Ilustradora: Ana Sanfelippo
Medidas: 17 x 20
Formato: Rústica, interior color
Páginas (número): 32 págs.
Edad: +8
Colección: Serie Álbum Infantil
Editorial: loqueleo SANTILLANA

Sinopsis
Distintos modos, costumbres, creencias y ritos. Diferentes identidades, viajes y profesiones. Cada familia es un mundo que imaginamos igual a todos los demás. Cuando descubrimos que no, entonces nos preguntamos: Mamá, ¿por qué nadie es como nosotros?

https://www.loqueleo.com/ar/libro/mama-por-que-nadie-es-como-nosotros



Visto y leído en:

Ilustraciones de Ana Sanfelippo
https://anasanfelippo.com/mama-por-que-nadie-es-como-nosotros-1
https://www.behance.net/gallery/27636311/Mama-por-qu-nadie-es-como-nosotros
Campaña Nacional de Lectura Colección: “Leer te ayuda a crecer”
http://planlectura.educ.ar/wp-content/uploads/2015/12/Mam%C3%A1-por-qu%C3%A9-nadie-es-como-nosotros-Luis-Mar%C3%ADa-Pescetti.pdf
Mamá, ¿por qué nadie es como nosotros? - Luis M. Pescetti (parte 1)
Plataforma Calaméo - Texto para Segundo Grado - Escuela de la Ciudad

https://es.calameo.com/books/004399275de26e96e006b
Mamá, ¿por qué nadie es como nosotros? - Luis M. Pescetti (parte 2)
Plataforma Calaméo - Texto para Segundo Grado - Escuela de la Ciudad

https://es.calameo.com/books/00439927511845b733ee5


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